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Ovidio, Carta de las heroinas

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Ovidio






Ovidio

Cartas de las heroínas


DIDO A
ENEAS


[Recibe, Dardánida, el poema de Elisa, que pronto va a morir;
las que lees son las últimas
palabras que de mí vas a leer.]
Del mismo modo, cuando el destino lo llama, abatido en la húmeda
hierba canta el blanco cisne2
a orillas del Meandro. No te hablo
con la esperanza de poder
conmoverte con mi súplica: tomo esta iniciativa contra la
voluntad del dios3;
sino porque una vez
que he desperdiciado mi buen nombre, y la castidad de mi cuerpo
y de mi alma, poca cosa es
desperdiciar unas palabras.
Así que tú estás decidido a zarpar y a abandonar a la pobre Dido,
y los mismos vientos
se llevarán tus velas y tu fidelidad. Estás decidido, Eneas, a
deshacer a la vez las ataduras de tus
naves y las de tu promesa, y a andar en pos de unos reinos
itálicos que no sabes siquiera dónde
están. A ti no te dicen nada ni la nueva Cartago, ni los muros
que están creciendo, ni el gobierno
que se ha sometido a tu cetro. Huyes de lo que ya está hecho
persiguiendo lo por hacer. Había
que buscar otra tierra por todo el mundo, has buscado otra
tierra, pues. Y aunque la
encuentres, ¿quién la iba a dejar en tus manos? ¿Quién va a
dejar sus campos en manos de unos
desconocidos? Te queda por conseguir el amor de otra4,
tendrás que conseguir otra Dido y
tendrás que hacer otra promesa y volver a faltar a ella. ¿Cuánto
tardarás en levantar una ciudad
como Cartago? ¿Cuánto tardarás en ver desde arriba de la
ciudadela a tu pueblo? Y aunque todo
eso ocurriera y no retrasaran los dioses tus votos, ¿de dónde
vas a sacar una esposa que te ame
de esta manera? Ardo en amor como las antorchas enceradas cuando
se les pone azufre [como el
piadoso incienso que se echa en los humeantes altares. Eneas
está siempre fijo en mis ojos
vigilantes] y todo el día, y toda la noche, tengo a Eneas en el
pensamiento. Él en cambio es
desagradecido y sordo a mis favores, y si yo no fuera tonta,
querría deshacerme de él. Pero no
puedo odiar a Eneas, a pesar de sus malas intenciones, sino que
me quejo de su infidelidad, y
con mis quejas mi amor empeora. Oh, Venus, ten piedad de tu
nuera, y tú, Amor hermano,
abraza a tu insensible hermano para que él milite en tus
cuarteles5,
o, ya que me he enamorado


de él —que no ha sido una deshonra6—,
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